Contado desde el final (I)

Caminé al lado del cuerpo inerte que estaba sobre la cama, observaba como la sangre cambiaba el blanco por escarlata, veía como se le escapaba la vida y como se reflejaba la muerte en sus ojos, esos que me miraban como pidiendo perdón por haberme obligado a hacer esto, yo por el contrario solo deseaba verle morir y cumplir con mi trabajo, recogí los casquillos del piso justo al lado de el rastro de sangre del primer disparo, comencé a observar toda la habitación y recogí su reloj, finalmente él ya no lo utilizaría.

Todo parecía ir bien, el trabajo estaba hecho, había ganado 20,000 pesos y contaba con un nuevo reloj bulova, simplemente era el día perfecto, caminé hacia la puerta y al abrirla ahí estaba ella, una hermosa mujer oriental, de pequeño cuerpo y con un cabello oscuro como la noche, me miró extrañada, no entendía que hacía yo en ese sitio, sus manos comenzaron a temblar y en un instante comenzó a llorar al verme puesto el reloj, entendía que él estaba muerto, me pidió que no la matara, que ella no diría nada, que tenía un hijo y que no podría dejarlo solo, la mire y me pareció frágil, tan débil que necesitaba ser protegida del mundo, la mire con ternura, pensaba en ese momento que mi día no podría ir mejor, podría agregar a la lista de logros una hermosa mujer oriental, no acababa de imaginarme su cuerpo amarillo desnudo encima del mío, frotándose sobre mí como tantas veces lo había visto en las películas japonesas, pensaba esto y comenzaba a saborearme como sería hacer el amor con ella cuando sentí que un frío recorría mi abdomen, al tocarme sentí la sangre brotando de mi vientre, ahora era ella la que me observaba, veía como se me iba la vida, metí la mano en mi saco y saque nuevamente mi arma, tenía que matarle, podría morir aquí pero no la dejaría ir, súbitamente ella se arrodillo frente a mí y acercó su cabeza al cañón de mi escuadra, yo sentía dolor pero la sorpresa de verla ahí me causo una sensación extraña, comencé sin embargo a sentir que moría, tome mi último aliento y cerré los ojos al tiempo que mi índice intentaba presionar el gatillo pero no sucedió, se acobardó mi mano y pensó que era justo que ella regresará al lado de su hijo y que lo que me había sucedido era simplemente un riesgo de mi oficio.

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