Andrea

Por la acera de aquella callejuela se podía distinguir una pequeña silueta femenina que se acercaba mientras yo encendía mi cigarrillo, intentaba menguar un poco el frío que se sentía ese día. Era casi la media noche, la calle vacía era iluminada solamente por algunas luminarias que le daban un toque de misterio a este lugar. Aspiré lentamente dejando entrar la nicotina en mi cuerpo, levanté las solapas del traje y me cubrí un poco el rostro. Aquella pequeña figura comenzó a ser mas clara para mi, me dejaba ver un par de hermosas piernas cubiertas por unas medias de malla que le daban un toque vulgar, su falda apenas cubría su intimidad, usaba un pequeño abrigo que dejaba entrever sus muy bien formados pechos que no podían ocultar el frío que sentía.

La miré acercarse y pude notar su bello rostro, no podía tener más de 28 años, aunque su maquillaje le hacía verse más vieja.

–¿Me regalas un cigarro guapo?- dijo,

-claro- pronuncié mientras le ofrecía mi cajetilla.

-¿Que haces tan tarde por aquí? – preguntó,

En ese momento miré sus ojos que se mostraban nerviosos buscando algo al final de la calle, su cuerpo temblaba, me quité el saco y la cubrí delicadamente, se coloco frente a mi y me miró a los ojos con una mueca de sorpresa, me pregunto si deseaba pasar la noche con ella y me invito a su edificio, acepté la invitación. Al llegar el lugar estaba lleno de mujeres que al igual que ella vendían sus favores nocturnos a tipos que buscaban saciar sus instintos con aquellas atentas cortesanas.

Entramos a un cuartucho donde todo era rojo, su cama estaba cubierta por un edredón del mismo color que parecía hecho con sangre, recorrí con la mirada todo el lugar, era tan pequeño que solo tenia un pequeño ropero y un baño maloliente que se mantenía iluminado por una vela. En segundos ella se despojó de la poca ropa que traía quedando solo cubierta por una pequeña tanga que cubría su sexo y las medias de malla que mostraban sus bien torneadas piernas. Observé sus pechos que retaban la fuerza de la gravedad y se erguían invitando a tocarlos. Se acercó buscando mis labios y en ese momento le detuve, verla ahí desnuda era suficiente para mi, la miré nuevamente y saqué de mi pantalón una foto, se la mostré y comenzó a llorar. En ese instante volvió a ser esa niña de la que estuve enamorado durante la secundaria. La que jamás notó que estaba a su lado y la misma que se tomó aquella foto en la kermesse por 10 pesos y que ahora por unos cuantos pesos más estaba desnuda frente a mí.

Me levanté de la cama, le tomé del rostro y le di un beso en la mejilla. Ella se quedó ahí sin decir una sola palabra mientras sus ojos desbordados de llanto me veían partir. Estuve tan enamorado de ella que finalmente no pude ocultar mi tristeza, coloqué unos billetes sobre la cama y dejé aquella habitación donde también se quedo mi corazón roto.

Javier Díaz de León.

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